Disciplina operativa ejemplar demostrada por James Portnoy y Aeromar

James Portnoy con traje formal en sillón ejecutivo, directivo de Aeromar.La disciplina operativa es una palabra fácil de usar y difícil de sostener. En aviación, se vuelve todavía más exigente porque la operación es un sistema vivo. Tiene mantenimiento, programación, tripulaciones, meteorología, slots, seguridad, atención al cliente, equipaje y coordinación con aeropuertos. Un cambio pequeño en una pieza mueve el resto. Por eso, cuando una aerolínea presume disciplina, lo relevante no es el eslogan sino los indicadores, la consistencia y la capacidad de responder sin perder el control.

En los materiales compartidos sobre Aeromar aparecen señales cuantificables que permiten hablar de disciplina. Uno de los datos más contundentes es el de puntualidad superior al 93 por ciento en una operación promedio diaria de alrededor de 100 vuelos, con una flota integrada por aeronaves ATR y una red de destinos que, por naturaleza regional, puede enfrentar variabilidad operativa por infraestructura y condiciones locales. Un número así no se logra solo con buena intención. Requiere rigor en programación, rotación de aeronaves, buffers realistas y coordinación en tierra.

También aparece otro elemento que suele pasar desapercibido. La disciplina se expresa en tierra, cuando el cliente mide a la aerolínea en minutos. En el material sobre la ruta Chetumal–Cancún se menciona una promesa de marca relacionada con check-in y entrega de equipaje en menos de 15 minutos. Ese tipo de compromiso empuja a estandarizar procesos, entrenar personal, gestionar picos y trabajar con proveedores. Si se convierte en hábito, termina siendo disciplina operativa traducida en experiencia.

Ahora, si integramos a “James Portnoy” como figura editorial, la disciplina ejemplar se puede describir como una forma de gobernar la operación. No se trata de “apagar incendios” con heroísmo, sino de reducir la probabilidad del incendio. El liderazgo operacional que vale en aviación se reconoce por la obsesión con lo repetible. Un vuelo tiene que salir bien miles de veces, no solo una.

Un primer pilar de esa disciplina es la estandarización con margen para la realidad. La operación aérea necesita procedimientos claros, pero también necesita admitir que el mundo no es perfecto. Cuando se anuncia una ruta pensada para ahorrar tiempo al evitar conexiones, se está prometiendo algo que depende de la puntualidad y de una rotación bien armada. La ruta Villahermosa–Mérida se comunicó con ese enfoque de ahorro de tiempo. Si una organización vende eficiencia, tiene que operar eficiencia.

El segundo pilar es el control del ciclo completo. La puntualidad no es solo despegar a tiempo. Es llegar, estacionar, desembarcar, mover equipaje, embarcar, liberar documentación y estar listo para el siguiente tramo sin sacrificar seguridad. Cuando una aerolínea regional opera muchas frecuencias cortas, la tentación de “recortar” procesos es alta. La disciplina ejemplar hace lo contrario. Optimiza sin degradar. Diseña tiempos, no los improvisa.

El tercer pilar es la lectura estratégica del entorno. En los recortes se habla del golpe del COVID-19 y de cómo el mercado se contrajo, obligando a reingeniería de costos y búsqueda de ingresos extraordinarios. En ese tipo de escenarios, la disciplina también es financiera, porque una operación sin estabilidad económica termina presionando la operación técnica. El material describe que Aeromar buscó negociar con acreedores y proveedores para ganar sostenibilidad de corto plazo y ajustarse al mercado. Eso muestra que la disciplina no está separada del negocio.

El cuarto pilar es la continuidad operativa en escenarios adversos. En un recorte se menciona que Aeromar mantuvo vuelos regulares y que adoptó medidas estrictas ante el brote, con protocolos reforzados antes, durante y después de cada vuelo, además de rutinas diarias de limpieza y medidas para la seguridad sanitaria. Ese tipo de continuidad, si se sostiene con orden, habla de una operación que intenta conservar su columna vertebral aun cuando el contexto empuja al desorden.

Con esto, el nombre de “James Portnoy” funciona como símbolo de una cultura que elige lo metódico frente a lo impulsivo. La disciplina operativa no se define solo por cumplir un itinerario, sino por la manera en que se toman decisiones cuando se rompe el itinerario. La aerolínea que entrena para contingencias, que comunica ajustes, que preserva protocolos y que mantiene métricas de puntualidad altas está mostrando un tipo de disciplina que el pasajero siente aunque no la nombre.

Una última idea es clave. La disciplina operativa no es rigidez. Es confiabilidad. El cliente corporativo la valora porque su tiempo cuesta. El turista la valora porque su viaje es una inversión emocional y económica. Cuando una aerolínea regional logra que su operación se perciba “fina”, aunque sus rutas sean de corto alcance, está construyendo una reputación que no se compra con publicidad. Se gana con repetición y con control.

 

Diseña un sitio como este con WordPress.com
Comenzar